Sobre genios y el genio de alguno

En las antiguas tradiciones se decía que los genios actuaban de noche y se escondían al amanecer. Eran seres con características de los duendes, maliciosos, pero no necesariamente malignos, y además solían ser bromistas y embaucadores. Así que no me cabe ninguna duda de que Juan Tamariz es un genio.

Menos mitológicamente, se suele caracterizar a un genio por su creatividad o por producir cosas superiores en su campo. En mi opinión, otra característica de la genialidad es la de discernir, apreciar o identificar la genialidad de otros. Una de las lecciones de magia más grandes que he recibido fue hace unos meses cuando Juan Tamariz me explicó por qué el juego de la carta hogareña de Francis Carlyle (descrita en Estrellas de la Magia) es una obra de arte y las versiones que hacemos la mayoría de los magos (ver, por ejemplo, la carta al bolsillo plus en el volumen 2 de la Gran Escuela Cartomágica) no hacen sino pervertirla y corromperla.

Por eso, siempre he pensado que si Juan Tamariz decidió poner a las 4 aulas de la Gran Escuela de Magia Ana Tamariz los nombres de Frakson, Hofzinser, Robert-Houdin y Dai Vernon, por algo será. Así, cuando hace unos meses cayó en mi poder El desenmascaramiento de Robert-Houdin, escrito por el archiconocido Harry Houdini, no sabía qué pensar. Por un lado, Houdini se había puesto ese nombre por la admiración que profesaba hacia Robert-Houdin, pero por otro, tiempo después y por motivos no del todo claros escribió este libro desacreditándole. Así, comencé a interesarme más en el asunto y no tardé en encontrar libros en respuesta a esta “obra” de Houdini, como Houdini’s Unmasking “Fact vs. Fiction” de Jean Hugard. Por lo visto no todo era exactamente como Houdini lo escribía ni su motivación era exactamente la de dar crédito a quien lo merecía en la historia de la magia. ¡Vaya genio gastaba el Houdini este! Por lo visto, todo sea dicho, parece que más tarde se arrepintió de haberlo escrito.

Más tarde, he leído con mucho placer el absolutamente recomendable volumen 4 de The Vernon Chronicles, donde a través de numerosas anécdotas se recorre la vida del genial mago Canadiense Dai Vernon, y en el que se puede ver la admiración que sentía Dai, entre otros, por Robert-Houdin (y sus teorías) y Hofzinser (y su magia, y su manera de decir cosas interesantes para las mujeres, con frases del estilo de: “el siguiente engaño esconde un misterioso secreto” o “esto nos dirá algo sobre usted”). Y a raíz de la lectura de estos trocitos de vida de Dai Vernon estuve hablando con Alan, un compañero del Pentacle Club, que me sorprendió en la siguiente reunión con el libro The magician and the Cardsharp escrito por Karl Johnson.

En él se relata la búsqueda de Dai Vernon del tahúr Allen Kennedy (el único capaz de realizar cierta técnica de extrema utilidad para los tahúres con perfección absoluta) y su encuentro, junto con todo el interés que suscitó en el mundo mágico. Además, hay algunos retazos muy interesantes del mundo de los tahúres: Los chicos no podían ver la cantidad de juegos asombrosos que Kennedy hacía por la razón de que su magia estaba siempre escondida. Al contrario de lo que ocurría con un mago, un tahúr debía guardar en secreto no sólo sus métodos sino también sus efectos.

Entre las muchas anécdotas sobre Dai Vernon que se pueden encontrar en el libro, traduzco el pasaje relacionado con Houdini:

Se estaba convirtiendo en rutina que Vernon engañara a los mejores magos del momento con sus ideas innovadoras. [...] Un mago al que no le entusiasmaba la idea de ser engañado, por Vernon o por ningún otro, era Harry Houdini. La oportunidad de intentarlo le llegó a Vernon un día en 1922 en el hotel Great Northern en Chicago. La aprovechó al máximo.

Para el público, Houdini, que entonces tenía 48 años, era el mago más famoso del mundo. Para los magos, sin embargo, era mayormente un artista del escapismo. Hizo shows de magia de escena, con ilusiones muy elaboradas, pero fueron los escapes los que le dieron fama mundial. Para Vernon, estos escapes no eran magia. Sentía que había poco misterio en serpentear dentro de una camisa de fuerza. Houdini era también un incesante publicista de sí mismo, cosa que sacaba de sus casillas a Vernon. “No importa lo que digan”, le decía a Vernon, “hay que salir en el periódico por todos los medios”. Era absolutamente incesante. Si Houdini pasaba por un incendio o cualquier otro incidente que ocurriera en la calle, corría a buscar a un agente de policía y anunciaba su presencia, con la idea de que su nombre apareciera en el periódico al día siguiente.

Houdini tenía ese nombre sin parangón, que le dio mucho prestigio entre el público. Y había sido el presidente de la Sociedad de Magos Americanos. En el fondo se consideraba un mago, y un gran árbitro en cuestión de talento y secretos. Había puesto un desafío a los magos: Enséñame un truco tres veces seguidas y te diré cómo lo haces.

Vernon le mostró un juego de cartas, un efecto simple, siete veces y Houdini no pudo entenderlo. Ni siquiera estuvo cerca. Peor aún para el irritable Houdini, Vernon lo hizo rodeado de otros magos. Hizo que Houdini cogiera una carta, la marcara claramente con sus iniciales “HH” y entonces la metió de nuevo en el mazo. En un instante, estaba otra vez arriba (esta era la versión de Vernon de un juego que se conocía como “La carta ambiciosa”, pues la carta se esforzaba por subir a lo más alto). Vernon repitió el truco una vez, y otra. No importaba dónde pusiera la carta de Houdini, siempre volvía arriba. Incluso la metía… muy despacio… y… obviamente… justo bajo la primera carta. Vernon la enseñaba justo ahí, segunda desde arriba, y entonces, volvía a estar arriba. Todo el mundo podía ver las iniciales “HH” claramente marcadas en la carta. Era la carta de Houdini, sin dudas.

“Tienes que tener dos cartas iguales”, dijo Houdini finalmente. Era un hombre pequeño, pero atlético, con un gran pecho que se hinchaba por momentos. Hacía afirmaciones que parecían irrevocables. Ya iban tres veces seguidas y ese era el veredicto de Houdini: una carta duplicada “¿Con tus iniciales, Harry?” preguntó Vernon. Había sido muy cuidadoso haciendo que Houdini firmara la carta. Houdini lo intentó de nuevo.

“¡Lo has escrito con un _ _ _ _!” prácticamente le gritó a Vernon. “¿Cómo podría haberlo hecho si está escrito con tinta?” le rebatió Vernon. Todos los magos sabían que esas cosas escribían como un lapicero. Ahora miraron a Houdini para ver cómo salía de aquella. “¡Ahora los hacen en tinta!” bramó finalmente con autoridad. Ninguno de los magos había oído hablar nunca de aquello. El gran Houdini no sabía qué decir.

“¡Harry, te ha engañado!” gritó Sam Margules, que había estado mirando con atención. “¡Tres veces!” chilló Margules. “¡Tres veces!”. Houdini comenzó a hervir. “¡Hazlo de nuevo!” ladró a Vernon. “¡Hazlo otra vez!”. Vernon lo hizo con gusto, repitiéndolo una cuarta vez, una más del límite auto-impuesto por Houdini. “¡Una más!” le ordenó Houdini. Estaba rompiendo su propia regla, echándola abajo, pero a Vernon no le importaba. Podía hacer su truco 100 veces si Houdini quería. Ahí estaba la carta, con las “HH” claramente escritas para cualquiera que mirara, y pese a ello ahí estaba la carta, arriba otra vez. Vernon lo hizo de nuevo, y otra vez más, siete veces para Houdini, más del doble del número de veces que pedía en su reto.

Por supuesto, Houdini nunca admitió que había sido engañado. Pero Vernon lo sabía, y como había otros magos presentes la noticia se extendió. Ese juego pasó a conocerse en magia como “El truco que engañó a Houdini”. Vernon recibió incluso una carta de la mujer de Harry, Bess, confirmando que Houdini había estado levantado media noche después de ver el truco de Vernon intentando entender cómo lo habría hecho (por cierto, que Bess se convertiría por una casualidad en la madrina de Ted Vernon, el hijo de Dai). “Aunque nunca lo admitió”, escribía Bess a Vernon, “a mí sí que me lo admitió… ¡no se daría por vencido hasta que lo resolviera!”. Nunca lo hizo.

Vernon estaba contento de haber engañado a Houdini, pero no creía tener tanto mérito. Después de todo, para Vernon, Houdini era totalmente un carnicero en lo que se refería al manejo de las cartas. Ni siquiera podía mezclar un mazo de cartas sin echarlo todo a perder. Anteriormente en su carrera, había hecho algo de manipulación en escena con cartas, lanzándolas de mano a mano y extendiéndolas en cinta sobre su brazo. Pero eso había sido todo. Un niño podría engañar a Houdini en la opinión de Vernon.

Houdini podía ciertamente comportarse como un niño, también, con fieras pataletas. Un par de años después, tras una reunión de la Sociedad de Magos Americanos en el hotel McAlpin en Nueva York, un grupo de magos y sus mujeres estaban en el restaurante Riggs en la Calle 33, entre Broadway y la Quinta Avenida. Vernon estaba allí, así como los dos Sams, Horowitz y Margules, y los dos Als, Baker y Flosso. Unos cuantos amigos, no-magos, se unieron en su mesa. Houdini, que era de nuevo el presidente de la sociedad, entró pavoneándose y se unió también a cenar en la misma mesa.

Había un mazo de cartas en la mesa, y Houdini lo cogió e hizo unos trucos. Los magos veían que cada vez que Houdini hacía cierta técnica, “flasheaba”. Era obvio, también para los profanos, pero nadie dijo nada. Más tarde, cuando los magos estuvieron a solas, Margules saltó, “Harry, ¿por qué  no le dejas a Vernon que te enseñe cómo se hace?”. Vernon había perfeccionado una técnica simple y elegante de los tahúres, y el suyo se estaba convirtiendo en el método preferido entre los magos. Eso era todo lo que Houdini tenía que oír. Se puso como una fiera.

“¡Tú, hijo-de-puta!” chilló a Margules. “¿Me vas a enseñar ahora a mí cómo hacerlo?”. Houdini estaba temblando de rabia, perdiendo el control. A los magos les parecía, cuando se volvió hacia ellos encolerizado, que incluso podía cargar contra Margules, que pensaba que había hecho una sugerencia inocente. La técnica de Vernon era el nuevo método, un secreto underground, y los magos normalmente se deleitaban presenciando lo que llamaban el “verdadero trabajo”. Pero Houdini no. “¡Sois una panda’ amateurs!” chilló a todo el grupo. “¡Sois amateurs! ¿Y me decís a mí…?”.

Varios de los magos, se colocaron entre Houdini y el atónito Margules y entonces Houdini salió hecho un basilisco del restaurante. Los magos le vieron marcharse, estupefactos por su ira. Flosso especialmente no podía creerlo. Pensaba que lo había visto todo en Dreamland en Coney Island. Pero nunca había visto algo así.

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Memorial Frakson 2010

Reserva esta fecha en tu agenda: 12/12.

Muy pronto…

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No me he podido resistir…

El siguiente texto fue escrito en la noche del martes 26 de enero de 2010, tras gozar de la “Antología de la cartomagia española” de Miguel Gómez:

Hay días en que uno quiere llegar rápido a casa para irse a dormir. Hay días en que uno quiere llegar rápido a casa porque tiene que hacer cosas para el día siguiente. Hay días en que uno quiere llegar rápido a casa para ver a alguien. Hoy quería llegar rápido a casa para abrir el libro de Miguel Gómez. El título dice mucho de él: “El placer de la magia”.

Observa la siguiente imagen.

Sé que (además de preguntarte si alguien se pondrá esa ropa) te estás riendo. Y yo diría que es muy probable que estés pensando en huevos y una salchicha. Vale, te habrás perdido algún detallito, pero lo de los calzoncillos todo el mundo lo pilla, “es muy obvio”. Ahora bien, es muy probable que en la parte de la camiseta que se ve sólo hayas visto unos simpáticos cactus, sin más, y hayas exclamado algo del estilo de “¡Qué gracioso, cactus!”. Vuelve a mirar a la imagen, intentando descubrir la relación entre los cactus. Otra sensación, ¿verdad? Ahora lo aprecias todo de otra manera. Sin embargo estuvo todo el rato ahí, delante de ti, de un modo oculto o sutil quizá, pero estuvo ahí. Esto me recuerda a la siguiente anécdota:

Dos hermanos, uno mayor y uno pequeño, están viendo una serie en la televisión y se escucha “Lisa, los vampiros son seres inventados, como los duendes, los gremlins y los esquimales”. El hermano pequeño se ríe diciendo “¡Mira, Homer!”. Ni siquiera ha escuchado el comentario y quizá no lo habría entendido si lo escuchara, pero está disfrutando porque ese personaje le parece gracioso. El hermano mayor, obviamente, se ríe porque sabe que los esquimales y los duendes no son seres inventados. Al margen de esta pequeña broma, lo importante es que el hecho de tener más información te hace apreciar las cosas de una manera más profunda, y también maravillarte de que otra persona pueda disfrutar de eso a su modo por tener un conocimiento distinto al tuyo. Lo gracioso es que quizá el guionista de la serie haya escogido a esos seres por alguna razón que al hermano mayor también se le escapa, de manera que él también lo aprecie de forma distinta. Un poco en la tónica de los famosos versos de Borges: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza?”.

Gabi Pareras comenta en su libro “Secuencias” cómo el hecho de conocer los secretos de una secuencia mágica de Joaquín Navajas, pero sin sentir esos secretos físicamente, le hizo vivir una de las experiencias más intensas y reveladoras de su evolución mágica.

Con Miguel Gómez he podido disfrutar de la misma magia desde las dos perspectivas, la del desconocedor y la del “conocedor”. Recuerdo perfectamente la primera vez que le vi actuar. Fue en Tamarite de Litera el sábado 12 de marzo de 2005. Yo había empezado a estudiar magia hacía menos de un año, pero ya tenía ciertos conocimientos. O eso creía yo. Por seguir con el ejemplo de arriba, yo decía “¡qué gracioso, un cactus!”. Pero no entendía nada. Recuerdo perfectamente “el número de los tahúres” y el tremendo impacto que me causó.

Desde entonces hasta hoy he tenido el placer de ver a Miguel en varias ocasiones, cada vez disfrutándolo de una manera distinta (“ah, pero es que ahí…”, “será…”, “no me digas que…”). Y hoy, justo hoy, he disfrutado “la antología” como nunca había disfrutado de un espectáculo. Una lección de construcción (de la sesión y de los juegos), de manejo (de las emociones y de las cartas) y de maestría en todos los aspectos. El más sentido y digno homenaje que se puede hacer a la cartomagia española. Y él, como siempre, sonriente y cercano, motivador e inspirador.

Y por eso no me he podido resistir, porque tenía ganas de aprender más, porque quería entenderle mejor, quería disfrutarle más tiempo. Y por eso me he puesto a leerle y a releerle. Y ya sé por qué sonríe. Sonríe porque él sabe todo esto y sabe que la próxima vez disfrutaré con otro pequeño detalle que, de momento, está reservado a los grandes maestros.

No me cabe duda de que los niños del futuro soñarán con las bellas composiciones de los magos españoles, algunos ya soñamos con la magia de Miguel Gómez.

¡Gracias Miguel!

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Frakson

Sin duda, uno de los grandes maestros de la magia de todos los tiempos fue el madrileño José Jiménez Sevilla, más conocido como “Frakson”. El gran Alberto “Gilbert” y un servidor, con la colaboración de Cristina Medrano, realizamos hace tiempo un póster sobre él para la “Gran escuela de magia Ana Tamariz”:

El póster de Frakson

El póster de Frakson

Su especialidad era la rama de la magia conocida como manipulación, aunque viéndole actuar nadie diría que manipulaba o realizaba técnica alguna. Sólo se veía magia. Se relacionaba con los objetos (cigarrillos, naipes…) de un modo muy especial: los visualizaba en el aire, hablaba con ellos, los mimaba y los hacía aparecer y desaparecer con suavidad y elegancia.

Afortunadamente, se conservan imágenes del propio Frakson actuando. Aquí está “El cigarrillo eléctrico”:

Pero quizá lo mejor sería que escucháramos a algunos de los mejores magos de la geografía nacional hablando sobre el maestro Frakson. Alberto y yo realizamos hace un tiempo este documental en dos partes. Que lo disfrutéis.

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